domingo, 28 de abril de 2013
Maravilla retuvo el título
Cuentan algunos historiadores del boxeo que en vísperas de algún combate importante, José María Gatica se paseaba en un auto descapotable por los alrededores del Luna Park vestido de etiqueta, fumando habanos y ostentando fajos de dinero. Así incitaba a sus seguidores a acercarse a las boleterías para sacar entradas. Y lo lograba: al sábado siguiente el estadio reventaba de gente. Muchos iban a ver ganar al ex lustrabotas de Plaza Constitución y otros ansiaban que ese cabecita negra venido del interior que contaba con los favores de Perón terminara en la lona. El Mono, a pesar de su precaria educación, fue un adelantado en eso de armar un negocio en base a su poder de seducción sobre el público.
Ninguno de los otros grandes ídolos del boxeo argentino desarrolló tan bien esa habilidad como Gatica. El infortunado Justo Suárez no tuvo tiempo, porque una enfermedad truncó su carrera y su vida muy tempranamente. Nicolino Locche llenaba el Luna con su show de fintas y esquives, pero le tiraban más los asados con amigos y la siesta en su Mendoza natal que las veleidades de la fama. Carlos Monzón se ganó la admiración de la gente en base a la prepotencia de sus puños, pero no tenía carisma. Ringo Bonavena fue posiblemente el que mejor transitó esa huella. Cultivó una imagen de guapo familiero, capaz de discutir cara a cara con Cassius Clay de visitante y al domingo siguiente venir a su casa de Parque Patricios para comer los ravioles que le hacía doña Dominga, su mamá. Ese perfil fanfarrón le sirvió para alcanzar repercusión en los medios pero no para conseguir mejores resultados deportivos.
Varias décadas después, Sergio Martínez se convirtió en el boxeador que mejor supo armar de sus peleas un negocio multimillonario. Cuenta para ello con varias ventajas, como los progresos en materia de marketing deportivo y la existencia de cadenas televisivas capaces de llevar imágenes de un combate a cualquier lugar del planeta. Pero Maravilla (apodo con impacto, si los hay) también le dio un perfil atractivo a su propia historia personal, la de un joven que huyó de un país devastado por la crisis de 2001, que se ganó la vida como lavacopas en el exterior y que hoy, consolidado como campeón mundial, no olvida su Quilmes de origen. Martínez se adaptó a las reglas del juego y se mueve en ese ámbito a la perfección. Sobre el ring, usa una guardia baja que lo convierte en arriesgado pero no en suicida. Usó su lesión en el último round ante Chávez para darle un tono más épico a su triunfo. Tiene recursos técnicos sobrados para ganar un combate por puntos, pero no duda en forzar el trámite para buscar nocauts espectaculares capaces de abrir nuevos mercados. Debajo del ring, combina a la perfección la agresividad verbal hacia sus rivales con el respeto a sus colegas de profesión y prioriza la voluntad de pelear ante su público, siempre que la bolsa sea suculenta. Todo envuelto en un lenguaje florido, con idioma nacional y acento extranjero que le dan imagen de autodidacta, de self-made-man, como dicen en Estados Unidos.
Por eso el Luna Park le queda chico y se tuvo que mudar a Vélez. Por eso van 40 mil personas a verlo. Por eso la HBO mudó su circo de Las Vegas a Liniers. Por eso lo presentará Michael Buffer, el anunciador de los jueguitos de Playstation, y comentarán por televisión ex campeones de la talla de Pipino Cuevas y Roy Jones. Además de ser un gran boxeador, Maravilla sabe generar espectáculo. Y al alicaído boxeo argentino, eso le viene bárbaro.
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