
Que pongan huevos. Eso. A pesar de que lo separan casi 20 metros del terreno de juego, un hincha de Talleres, pegado al alambrado, gorrito bien setentoso, cero cuidado estético, les pide a sus jugadores que pongan huevo. Que “a estos les tenemos que ganar”. Estos, justamente, son los jugadores de Independiente, que venían de dos triunfos consecutivos y que llegaron al Mario Alberto Kempes con un solo objetivo: sacarles de los pies esos tres puntos que los de la T nunca quisieron dejar ir. Ocurre, sin embargo, que los futbolistas de Talleres no sólo ponen huevos, sino que le agregan juego. Entonces, esos simpatizantes que hacen del estadio una suerte de león que no se cansa de rugir, se unen en un solo grito que pone la piel de gallina. En esta parte de Córdoba, a pesar de que octubre asoma a la vuelta de la esquina, el frío se mete hasta los huesos. Pero a los 4 minutos un grito calienta a todo: Elvio Fredrich, en una pelota parada que era centro, la termina metiendo adentro. Gol. Otra vez al Rojo le anotan de entrada.
Pero, claro, no todo lo que brilla es oro. Sobre el verde césped, que también brilla, Daniel Montenegro toma la pelota y maneja el latido de Independiente. Se junta con Matías Pisano, hace y deshace. Triangulan con Federico Mancuello, intentan, buscan. Dejan en el olvido los flojos primeros minutos. Pasa que si a Independiente lo dejan crecer, marca diferencia. Por eso, sobre el final de los primeros 45 minutos, los de Avellaneda encuentran el empate: también como en la fecha anterior, iguala antes de que concluya la primera etapa. El Rolfi, versión 2002, mete uno de esos remates que llevan su sello. Talleres, de contra, está cerca de anotar el segundo, pero no resulta fino a la hora del último pase.
Y el Rolfi, entonces, para demostrar que todavía está más vigente que nunca, apenas comenzado el complemento, pone el segundo. Y ahí, sin dudas, el conjunto de Omar De Felippe crece con notoriedad. Asfixia a su rival, lo encierra: merece el tercero, pero no llega. Siempre con Montenegro a la cabeza, que hace recordar al Rolfi de aquel equipo que concluyó campeón hace poco más de diez años. Pero, como la luna, los de Avellaneda tienen un lado oscuro: todo lo bueno que hacen con la tenencia y cuando van al frente, todo el desgaste que hacen en ataque, les cuesta en defensa. Sufren mucho cuando tienen que protegerse. Por eso, en una jugada que parecía poco peligrosa, la T iguala el marcador. Todo se diluye y, a pesar de algunas emociones, se apaga el partido. El punto le sirve. Al cabo, la historia indica que Talleres e Independiente, a pesar de que hacía tiempo que no se veían las caras, es una suerte de clásico. El episodio más destacado entre ambos se remonta al Nacional 1977, que el Rojo conquistó luego de empatar 2-2 –como anoche– con los cordobeses después de haberse quedado con tres jugadores menos. Ahora, el cielo nublado que cubre al Mario Kempes, año 2013, las luces que se van apagando, el partido le deja una extraña sensación al Rojo: si sigue así, si afina los errores, si Montenegro sigue jugando tan bien, puede ilusionarse. Pero, con urgencia, tiene que encender ese lado oscuro que lo acompleja. Lo puede hacer.