El final del ciclo de Gerardo Martino como entrenador de Newell’s llegó con un dolor, en el alma, por una eliminación en la semifinal de la Copa Libertadores y por penales, luego de la derrota 2-0 ante Atlético Mineiro en Belo Horizonte. Lo había dicho el Tata, su estadía en el equipo duraba mientras La Lepra tuviera chances de campeón en ese trofeo que tanto seduce pero que nunca pudo ser y que otras veces lo tuvo a Martino como protagonista clave siendo uno de los grandes jugadores que supo disputar las otras definiciones a finales de los ‘80 y a comienzos de los ‘90. No hubo caso, y aunque su era como técnico se cierra con un cachetazo, difícilmente se pueda opacar ese título –merecido– en el torneo local.
La historia de Newell’s y la Copa Libertadores tiene como actor principal a ese hombre que anoche estuvo sentado en el banco de los suplentes. Que gesticuló y saltó, que tomó uno, dos, tres sorbos de agua cada vez que Atlético Mineiro tenía una jugada de pelota detenida por caer dentro del área de Nahuel Guzmán. Martino, el Tata, el de las Libertadores de ‘88 y el ‘92, el de esas finales contra Nacional y con San Pablo, en las que encabezó al equipo con un talento inolvidable y el ocho en la espalda. Ese que ahora, también, arrimó otra vez el sueño de ser sudamericano.
José Yudica era el técnico que en el ‘88 lo llevó hasta la definición del trofeo más importante del continente. El que disfrutó, junto a una camada de jugadores que escribieron su nombre en la historia grande del club, de ese primer triunfo en casa 1-0 ante Nacional, pero que también lamentó ese terrible cachetazo con el 0-3 a la vuelta en Montevideo que lo dejó en las puertas del cielo.
Cuatro años más tarde, y con Marcelo Bielsa esta vez al mando, Newell’s y otra vez con el Tata dentro del campo de juego, encaró su segunda final en la historia. La parada, difícil como siempre, era en Brasil y frente a San Pablo, nada menos. Sin embargo, la definición se estiró hasta los penales luego del 1-0 en Rosario y del 0-1 en el regreso. Al final, fue 3-2, y nuevamente el llanto de no poder ser.
El 0-1 a los 3 minutos fue todo un indio para que tambaleara el sueño. Sobre todo, porque el rendimiento no estaba a la altura de lo que supone un equipo finalista. Aguantó, como pudo, y el pitazo se estiró más de la cuenta por el corte de luz en el estadio. Llegó el 2-0, y los penales. Y un final con el corazón en la mano. Sufrió, lo jugó mal, y se quedó con el llanto lógico por esa frustración que llega cuando la gloria está tan cerca.
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