Ya no aplauden solamente al Pipi Romagnoli en el Nuevo Gasómetro, más allá de que fue él quien marcó el rumbo, al despertar aplausos a los cuatro minutos con el remate pegado al palo izquierdo de Fernando Monetti. Son varios los intérpretes que al entrar en contacto con la pelota provocan que los que están sentados despeguen de sus butacas y los que saltan se detengan con la garganta dispuesta a gritar un gol. Porque si San Lorenzo está en la punta y aturdido por los aplausos de sus hinchas, es porque no depende de nadie con exclusividad y sí de su convicción, esa que le inyectó Juan Antonio Pizzi desde que asumió como entrenador y que supo apuntalar, aun cuando las críticas superaban a los elogios, cuando se cosecharon algunas derrotas inesperadas y cuando muchos hinchas reprochaban que no jugaran dos partidos seguidos los mismos once jugadores.
Es cierto que todo se simplificó porque a los 12 minutos ya ganaba 1-0. Aunque bien vale resaltar que esa ventaja la logró con la destacada intervención de Gonzalo Verón, quien encendió el turbo de sus piernas y con una resolución magnífica dejó solo a Ignacio Piatti para escalar hasta la punta del Torneo Inicial. Ese fue el puntapié del monólogo del buen gusto que desplegó el Ciclón. Con la pelota en los pies cuervos casi por exclusividad, con constantes proyecciones de los laterales y con una movilidad en el mediocampo que desorienta y muele rivales, San Lorenzo se hizo amo y señor del juego.
Fueron demasiados los recursos contra los que tuvo que batallar Gimnasia. El equipo platense se vio superado y su único delantero, Iván Borghello, lo reflejaba al abrir los brazos en disconformidad ante cada pelota perdida lejos de su posición. Remates de Ángel Correa que todos gritan como un gol que no es, apiladas de Romagnoli, subidas de Julio Buffarini y pulposos quites del siempre rendidor Juan Mercier son argumentos más que necesarios para demostrar la superioridad. Que se nota entre la gente, por la calma, como también por la risotada que despierta un taco fallido de Pablo Alvarado.
La lluvia del entretiempo alimentaba a los agoreros, porque la mochila de no poder ganar de local todavía pesaba en la espalda y porque la diferencia era mucha en el juego y nimia en el resultado. Hasta que esa hegemonía se acrecentó al inicio del segundo tiempo y aquellas risas por el lujo del capitán fueron la antesala del tremendo gol –el segundo en 124 partidos por torneos locales– que convirtió Alvarado, con quite, enganche y definición de zurda. Ya no hubo más partido con el 2-0. Las 30 mil almas cuervas empezaron a disfrutar de otro juego, que poco tiene que ver con el nerviosismo instalado en nuestro fútbol. Mucho más, después de otra gran acción de Correa, quien volvió a su nivel y habilitó de caño al encendido Piatti, quien definió con la categoría de pocos.
“Desde que volví a San Lorenzo, este es el equipo que mejor juega”, soltó Leandro Romagnoli, el artista al que los hinchas despidieron enfervorizados, como también lo hicieron con el resto del equipo puntero. “Ha habido una evolución y superación de todos, tanto de los jugadores como de parte nuestra”, analizó Pizzi, quien además reconoció que el camino desandado por el Ciclón está muy cerca del pretendido, y disfruta por la propuesta y el convencimiento de su equipo.
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