La escena, entre angustias y nudos en la garganta y cuernos y cábalas, dura 18 minutos. Tensión, en los ojos y en esos corazones que contienen gritos y sacuden mufas y alucinaciones del pasado cada vez que uno de sus futbolistas toma la pelota para patear uno de los 26 penales que definen esta historia de Newell’s y Boca en los cuartos de final de la Copa Libertadores. Maximiliano Rodríguez toma la pelota, una vez más.
Es la segunda ronda de esta histórica y desgastante serie en la que dos de sus compañeros han tenido y desaprovechado la oportunidad de cortar con esta locura desde los doce pasos. Pero Maximiliano Urruti deja ese sueño en las manos de Agustín Orion y Horacio Orzán la tira afuera.
Va Maxi, uno de los referentes y de los que asume un rol protagónico para una noche que quedará grabada en la memoria para siempre. Tenía apenas diez años, Rodríguez, cuando fantaseaba con la idea de jugar en el club de sus amores mientras miraba por la tele aquella definición del 9 de julio de 1991, cuando La Lepra iba hasta La Bombonera a jugar por el título de ese año en medio del barro y comandada por Marcelo Bielsa.
Maxi acomodó la pelota en un gesto similar al que había hecho en esa primera responsabilidad unos minutos antes. Pensó, tal vez, en esas revolcadas de Norberto Scoponi con las manos agitadas y el cosquilleo en la panza que sintió cuando Walter Pico fue hasta el arco que da al Riachuelo para cerrar los ojos y darle al travesaño y marcar, para siempre, esa alegría incontenible de la niñez.
Lo mira Maxi, a un Agustín Orion que manoteó uno, anduvo cerca en otros y convirtió ese penal que pidió patear para poner en ventaja a Boca en esta serie. Las piernas cansadas, los gritos y las cábalas y un estadio que esboza pequeños festejos, cortitos festejos, casi con esa intuición de quien sabe que el final de este cuento parece no tener fin y presentaba misterios sin resolver. Como ese penal que erró Juan Román Riquelme.
El primero en patear, el primero que atajó Nahuel Guzmán, quien tenía un papelito con algunas indicaciones escondido dentro de esa toalla tirada a un costado de la red. Se quedó parado, en el medio, y ahí fue la pelota del diez de Boca. Increíble. El mejor futbolista y la bandera de Boca pifiaba en un momento crítico. Después, el destino y esa serie de penales estirada como un chicle le volvió a dar la chance. Esta vez, acertó, aunque Guzmán también le adivinó la intención.
Entre el remate en el palo de Marcos Cáceres y la pifia de Matías Caruzzo hay gente que se agarra el pecho, del lado del corazón. Los hinchas de Boca –cubiertos por una especie de mosquitero en la popular visitante- hacen cuentas y se relajan. Tal vez, entienden aquello del Dios digital y de ese teléfono de Carlos Bianchi. Sin embargo, ahora la línea parece estar pinchada. Va Juan Manuel Martínez, el Burrito que vino a Boca en el verano y se insinuó como una de las grandes incorporaciones. Pero Guzmán se viste otra vez de héroe, sin ese barro pero con los mismos guantes de Scoponi.
Maxi inicia la carrera a la gloria, en ese silencio de un estadio Marcelo Bielsa que es la antesala al desahogo, eufórico, de otros tiempos. ¡Newell’s carajo!

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