Las noches antes a que estrenen una película de él, Clara, una vendedora de entradas poco aficionada al cine, sabe que el día siguiente va a tener que cortar demasiados tickets. En los últimos trece años –desde que estrenó Nueve Reinas–, lo vieron más de 12 millones de personas en las salas. Este 2013, logró con Tesis sobre un homicidio y con Séptimo sus dos mejores arranques –con la última, 260 mil personas en cuatro días. Ya no importa qué papel va a agarrar, qué gestos tendrá o si el guión es bueno: cada miércoles antes de un estreno de Ricardo Darín, Clara sabe que tendrá que trabajar mucho. Con pocos argentinos sucede lo mismo: muchas veces, las plateas del AT&T Center, en Texas, siente que son muy pocas las chances de que Emanuel Ginobilli erre un tiro de tres. Pocos. Muy pocos. Aunque en esos pocos, ahora haya nuevos vecinos: con la delantera argentina, comandada por Lionel Messi y por Sergio Agüero –Gonzalo Higuaín no jugó ayer, tras estar suspendido–, se sabe antes de que arranquen los partidos que algo de todo lo que aparezca va a ser gol.
Veintinueve goles hizo Argentina en esta Eliminatoria. Un poco más que dos goles por partido. Nueve, Higuain. Diez, Messi. Cinco, Agüero. Tres, Ángel Di María. 27 de 30 los hicieron entre esos cuatro. Y, aún así, las estadísticas no logran explicar del todo eso que se siente. Porque esta Selección casi no elabora juego. No se rompe la cabeza en tocar la pelota. No se preocupa porque sus laterales le generen espacio a sus extremos. No se desespera porque sus dos volantes centrales horizontalicen la pelota. Simplemente genera una sensación parecida a la que sienten los animales cuando se va a venir un terremoto: tenga quien tenga, cuando pasan la mitad de cancha, el corazón late sabiendo que, en algún momento, el esférico le va a pegar un chupón a la red.
Paraguay ayer no tuvo la culpa de haberse cruzado contra un destino que no estaba escrito para su camiseta. No sólo porque jugó ya clasificado. Tampoco porque tuvo la ilusión –breve- entre los dedos: llegó a estar 0-0 e, incluso, 1-1. Mucho menos de los dos penales –cuestionables- que cambió por goles Lionel Messi. Sino porque no se puede jugar contra una delantera así. No hay caso: no tiene sentido. Pase lo que pase, van a destrozarte el corazón.
“Sabemos lo difícil que es”, dice, al terminar el partido, Messi. Y nadie a su alrededor lo cuestiona. Pero sólo porque nadie se atreve –y tiene mucho sentido que así sea- a cuestionar al astro. Porque, evidentemente, para él y compañía, generar esa sensación de gol en el corazón, parece algo demasiado sencillo. Algo que viene en su sombra: como con la de Darín antes de un estreno o como la de Ginobilli antes de que el triple salga de sus dedos.
Alejandro Sabella tiene en claro quiénes conformarán su plantel: le faltan definir apenas cuatro jugadores y ya tiene confirmado cómo será su ataque. Nadie moverá –salvo una lesión- los muñecos de tres cuartos para adelante. Tras la ausencia de Higuain contra Paraguay, ayer por la noche, en un partido tan aplastante que no tiene sentido dar el resultado, la pregunta final para los analistas es: ¿cuántos, de los cuatro, hacen falta para llenar la sala de tipos que se acerquen a ver el estreno?
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