La Bombonera fue una fiesta, hubo apoyo a todos los jugadores y el pedido de siempre: ganarle a River.
La bruma espesa y blanca no subió. Se instaló en el campo de juego. La cortina de humo que largó la pirotecnia envolvió a la Bombonera en un clima fantasmal, o más bien fantástico, con ese ruido de fondo que retumbó fuerte, muy fuerte: “Quiero la Libertadores, y una Gallina...”. Se jugó contra el Corinthians, sí, pero también ante River, el próximo rival, porque la pasión copera es la misma que en el torneo local; por eso la noche lluviosa no asustó a nadie y el estadio explotó con aplausos para todos, cuestionados y no tanto, porque la Copa es una cuestión de estado.
Como los hinchas del Corinthians tienen prohibido asistir a los partidos de visitante (la barra lanzó una bengala ante San José Oruro de Bolivia que mató a un simpatizante del equipo boliviano), la CD decidió abrir la tribuna que usan los rivales porque La Boca era un hervidero de gente que quería ingresar. Ese sector, de 4.500 lugares, mostró algunos claros. El resto estuvo a pleno.
Pese al mal momento del equipo, todos los jugadores de Bianchi fueron aplaudidos. Obviamente, el Virrey fue el más ovacionado, seguido por Clemente y Sánchez Miño. Esos fuegos artificiales iluminaron un partido que habría marcado un nuevo récord en venta de entradas: aunque no es oficial, se habla de una recaudación de $7.000.000. Un clásico.
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