Alejandro Sabella ahora puede sentarse en paz a diseñar su plan para el asalto final, el Mundial de Brasil, la cuestión por la que finalmente se recordará su gestión, y no porque lo hecho hasta aquí haya estado mal, para nada, sino porque así de cruel es el fútbol. Les pasa a todos sus colegas, con mayor o menor injusticia: las memorias de un entrenador de selección se terminan de escribir con el pitido de la eliminación o el grito de la gloria. Casi nunca hay términos medios.
Sabella lo sabe porque cada vez que le hicieron preguntas acerca de Brasil, bajo la hipótesis de que la Selección jugaría el Mundial sin problemas, respondió con un mantra: “Todavía no estamos clasificados.” Ya no podrá repetir esas palabras. Ahora, si quiere, podrá dar señales. Aunque así como los jueces hablan por sus sentencias, los técnicos hablan por sus equipos. No podemos esperar nada demasiado diferente a lo que vimos hasta el momento.
Hay que decir, en verdad, que aunque Sabella no lo haya querido hacer público, aunque haya preferido por superstición o simple cautela evitar la mención mundialista, su plan incluyó siempre a los días brasileños. El recorrido en las Eliminatorias también fue un laboratorio. Sabella armó un equipo no sólo pensando en la clasificación, el objetivo inmediato, sino en su continuidad, Brasil 2014. Un equipo y un plantel, que no son dos cosas iguales.
El plantel se piensa en función del equipo, por supuesto, pero también en función de las relaciones humanas. Y Sabella también se da una política para esas cuestiones. Es improbable que haya cambios bruscos a lo que hasta aquí se conoce. El plantel –¡el grupo humano!– es el que llegó al Mundial el martes en Paraguay, con algunas incorporaciones que si no hacen mucho ruido mejor. Y el equipo también, no hay volantazos a la vista.
Lo que queda de aquí en adelante es tocar lo que no funciona y dejar asentado lo que funciona. Tampoco es una tarea sencilla, aunque suene así de fácil. Sabella tiene que unir a esos dos equipos que se vieron en la cancha. Dos equipos: uno de ellos capaz de golear y el otro capaz de golearse. De todo eso hay que hacer un equipo, la obsesión de todo técnico. No es una vara el desempeño –malo– de la defensa en Paraguay, donde no jugaron los dos centrales preferidos de Sabella –Garay y Fernández– pero deja la preocupación de que una expulsión o una lesión puede resultar fatal para ese armado. Falta el lateral por izquierda y quizá deba discutirse qué hay que hacer con el arquero. El martes los que juegan en el fondo sufrieron horrores con la tibieza del ataque paraguayo. Nadie quiere imaginar qué hubiera pasado con un equipo más poderoso.
Es cierto que esos errores pasan al olvido cuando la Selección ataca. Cuando la tiene Gago y reparte la pelota. Cuando Messi, Agüero y Di María hacen de las suyas. Quizá pueda pensarse que ese desequilibrio en el fondo es el costo de la libertad de los de arriba, una suerte de sacrificio defensivo para abonar el talento individual de los que atacan. Sabella tiene diez meses para pensar en estas cosas. Que ya puede decir que está en el Mundial.
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