lunes, 24 de junio de 2013

Ramón y Emiliano Díaz festejaron abrazados el cumpleaños del hijo, el subcampeonato del padre, la clasificación a las Copas del Millonario, el triunfo ante los sanjuaninos, el cambio de mentalidad de un equipo.

Como a ningún otro, él le dice “feliz cumple”. No cumpleaños: cumple. Con la tonalidad de ese amor tremendo que crearon en Nápoles, cuando él nació. Se sacan una foto juntos y la suben a Twitter para que la vean todos. Uno admira al otro como hijo. El otro como papá y mejor amigo. Es viernes a la noche y están festejando los 31 de Emiliano. Se ven todos los días, pero el cariño no se desgasta. Tanto que, cuando termina el partido contra San Martín, cuando ganan 3-1, se abrazan de nuevo, como dos días atrás, festejando esta última gran victoria. Que los une no sólo por tres puntos o por ser subcampeones, sino por estar juntos. 

“Ayudante de campo del más grande”, dice, cuando le preguntan a qué se dedica. Quizás, después, cuenta que viajó para capacitarse. Que, por una cuestión de edad y de picardía en el habla, sabe llegarles a los jugadores jóvenes. O que estaba cansado del ambiente, pero que se convenció de reingresar. Pero son detalles. Todo está en esa frase. Porque, para Emiliano Díaz, su papá es lo más grande que hay. Lo admira tanto como todos los que salen del estadio diciéndose que lo aman. Quizás, más. Pero eso también es un detalle. Porque, a esta altura, si alguien quiere pensar a este cuerpo técnico que sacó el 63,3% de los puntos, que ganándole a San Martín llegó a los 35 puntos en el campeonato, que se clasificó a la Copa Sudamericana –y que todavía puede entrar a la Libertadores–, tiene que pensarlo a él: el símbolo de esta nueva etapa de Ramón Díaz en River.

Por ahí, el sueño de un papá sea que su hijo sea la prolongación de él. O que su hijo sea feliz y, si puede ser, sea feliz con él. O gritar un gol, dentro de la cancha de River, juntos. O abrazarse en eso. O abrazarse fuera de eso. O armar un equipo. O un sueño, que arrancó en serio en Tandil –antes habían estado, justamente, en San Juan, en la última fecha del torneo– y que termina su primera etapa acá, en este partido que importa poco para la competencia, pero que pesa mucho en el logro.

Ramón Díaz dice que le cambiaron la mentalidad al equipo. Que construyeron una mentalidad ganadora. El arte de ese logro fue la palabra. En estos seis meses, él y su hijo charlaron, vieron, apretaron a los más grandes, relajaron a los más chicos, picaron a los dormilones, bajaron a los que estaban muy arriba. Llegaron hasta este San Martín con una historia completamente distinta. De 29 puntos a 35. Del descenso –ayer se cumplió un año del ascenso– a entrar a una Copa. De la ingenuidad a la seguridad de una pretemporada que se viene. De devolverle a River algo de lo que era River.
Ramón Díaz y Emiliano Díaz son una prolongación el uno del otro. Son River, son el mismo proyecto, son el mismo sueño. Lo bueno y lo malo, hasta acá, es todo de ellos. Ganarle a San Martín en San Juan o acá. Salir segundos. Entrar a las Copas. Terminar abrazados. Quizás, eso sea padre o ser hijo: ser lo mismo. Juntos.

EL CAMINO
“Nosotros llegamos para mentalizar al equipo. Estamos en un buen camino. Vamos en busca del campeonato.”
Ramón Díaz


LA MEJORA
“La diferencia con los campeones es el partido que nos ganaron, pero en este torneo todos hemos mejorado mucho. ”
Leonardo Ponzio


COMENTARIO

La gran diferencia entre River y San Martín fue la jerarquía de sus jugadores, sobre todo en las áreas. En cuanto al juego, el partido fue parejo y ninguno de los dos equipo pudo adueñarse de la pelota. Pero a la hora de la definición, River aprovechó los errores del rival para ponerse 2-0 arriba en el arranque del partido, y para sentenciarlo sobre el final, cuando el visitante se acercaba al empate. En cambio, San Martín desperdició varias situaciones de gol y convirtió a Marcelo Barovero en la figura del partido.

LA FIGURA

Marcelo Barovero: en la segunda mitad San Martín fue con todo en busca del empate para alimentar su sueño de quedarse en Primera, pero chocó con un gran Barovero que en los momentos calientes no cometió ni el más mínimo error.

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