En este mismo estadio mendocino, había visto cómo el torneo le podía seguir dando cachetazos. En el Islas Malvinas, hacía un mes y medio, el Fortín caía por 3 a 0 ante Godoy Cruz, en el primer partido desde que Newell’s lo eliminó por lo justo en los octavos de final de la Libertadores. En este mismo verde césped, pero esta vez con un clima mucho más frío, pudo celebrar, justo ante el rival que le había dado el peor golpe de cabeza.
El triunfo por 1 a 0 ante la Lepra fue un desahogo. Fue un grito de guerra de un plantel que se imaginaba seis meses diferentes a los que venían pasando. Fue la lucha y el no bajar los brazos de un conjunto que se acostumbró a levantar trofeos en el último tiempo: es el cuarto desde que el Tigre es el entrenador y el tercero de los últimos tres años.
Fue el premio para los velezanos que se animaron a venir a Mendoza, bien lejos del José Amalfitani, para soñar con eso que anhelaban desde que llegó Fernando Gago al club. Esos mismos que duermen tranquilos porque saben que pueden disfrutar en el club que se mantenga la base de un equipo y que sigan surgiendo jóvenes promesas de las inferiores.
Fue la entrega de Lucas Pratto, que además de ser el héroe que convirtió el tanto fue el encargado de correr kilómetros y kilómetros por la banda derecha tras la expulsión de Cubero. Fue la inteligencia del Pocho Insúa, que con poco aire, con cansancio, se las ingeniaba para armar alguna jugada de riesgo en pocos espacios. Fue el premio para Chucky Ferreyra, que superó sus lesiones y pudo hacer dupla titular con el ex Boca por primera vez.
Fue el premio a una defensa que se bancó la embestida de un equipo que no paró de atacar desde el primer minuto en que se quedó con un hombre de más que su rival. Fueron las manos de Sebastián Sosa, que le pudo atajar un penal al goleador del torneo, en el momento en que parecía que la esperanza de Vélez se desvanecía.
Sebastián Domínguez se arrodilla y agradece al cielo. Llega Gino Peruzzi- uno que pudo haber jugado su último encuentro- y lo levanta para abrazarlo. Llega Francisco Cerro y se suma al abrazo, junto con el arquero. Pocos segundos después, se unen a la ronda de la mitad de la cancha que no paraba de saltar y festejar un nuevo título.
El décimo. El primero por este nuevo y viejo certamen que se seguirá jugando todos los años. El cuarto de Gareca. El que le dejará 1,8 millones de pesos. El que lo hizo clasificarse a la Copa Sudamericana de este año, a la Libertadores del próximo y poder jugar una Recopa ante el campeón de la Copa Argentina. Luego de levantar el trofeo se juntaron con sus hinchas y no pararon de cantar hasta dar vueltas por todo el estadio. En Mendoza Vélez tuvo su desahogo y lo llenó de pura felicidad por los sueños que vendrán.
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