Hay un común denominador del que, tal vez, se desprendan algunos de los argumentos por los que River no da el salto de calidad en este Torneo Final. Ese último envión para hacerse cargo de una candidatura que termina siendo de fantasía cuando del otro lado del mostrador aparecen equipos que juegan con la soga al cuello y la gloria en el sueño. River perdió con Newell’s, el líder del campeonato. También con San Lorenzo, que si bien no está en ese escalón de los que ensayan celebraciones en vueltas olímpicas integra el pelotón de los animadores. River, además, levantó un 0-2 ante Unión –ya descendido- para traer un empate de Santa Fe, y también igualó con Quilmes, otro de los que hasta el momento –y en ese momento– pelea por la permanencia. Arriba y abajo, en esos extremos donde la motivación y los riesgos son más grandes, la dependencia con el rival crece.
Porque cuando a los partidos que juega este equipo que dirige Ramón Díaz se le presentan espacios y libertades cuenta –aunque no con tantas alternativas– con futbolistas que se las ingenian para destacarse y desnivelar en ese abanico de posibilidades. Ahí, su juego luce y crece. Sin embargo, cuando hay presión sobre los circuitos establecidos y sistemas de juego que proponen jugar el balón en un monoambiente se le oscurece el panorama y las ideas. No encuentra, tampoco, a ese crack capaz de inventar una de esas jugadas que quedan para siempre en la memoria colectiva.
En ninguno de los partidos en los que River midió talentos y fuerzas contra rivales de apuestas fuertes terminó de redondear un funcionamiento a la altura de esas expectativas que se generan más por la historia y cotillón de las palabras que por el presente y las realidades. Manuel Lanzini es el futbolista más cercano –aunque todavía lejos–a ese capaz de romper con este tejido que se interpone frente a esta clase de rivales. Ese gol de Julio Barraza es, quizá, una historia más de las tantas historias que tiene para contar el equipo de Díaz en esta aventura por ir a la caza de Newell’s. No le alcanza, apenas unas monedas en la billetera para un crédito que se le agota si esta noche el conjunto que dirige Gerardo Martino vence en la cancha de All Boys. Serán, entonces, seis puntos. Será, entonces, el final de una ilusión que se gestó más con el corazón que con el concepto.
Aunque los números y las tablas no sean un único elemento para medir razones, esta vez quedan al desnudo las falencias. Porque son estos partidos, los de presión y juegos de adrenalina, los que le hicieron perder terreno en su carrera hacia la punta. Rodrigo Gómez, luego de una escena de alto contenido técnico –Pablo Hernández la pisa y le pone pausa al vértigo– mete el segundo estiletazo para poner contra las cuerdas, definitivamente, a la esperanza de River.
Al equipo que dirige Ramón Díaz le quedan Independiente, Lanús y San Martín de San Juan. Justamente, tres equipos que todavía aspiran a objetivos de título y permanencia. Serán, tal vez, nuevas pruebas que se le presenten en esta historia de los de arriba y los de abajo, de los espacios y de las ideas.

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