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Cada fin de semana, Independiente, que ahora empata en cero ante Estudiantes –que hace tiempo, se tira al piso, festeja ese punto amarrete como si hubiera salido campeón–, juega cuatro partidos por fecha. Los suyos, claro, y los de Quilmes, San Martín y Argentinos. Sin ir más lejos, a pesar de que en la cancha se respira una eterna desolación por un futuro que empieza a cerrar sus caminos, el Rojo todavía no tiene ni idea si esa igualdad lo deja condenado a lo peor. Porque, en efecto, si hoy Argentinos pierde y mañana los sanjuaninos no pueden vencer a Tigre, afrontará la semana previa al Millonario a tan sólo dos puntos del Bicho: nada mal para un equipo que sufre los partidos como nunca antes.
Pero, también, todo se puede ir a cualquier parte. Si Argentinos se impone ante River primero y luego ante San Lorenzo –y Quilmes gana el suyo–, el Rojo podrá perder la categoría la próxima semana. Naturalmente, la combinación de resultados es improbable, pero, sin embargo, no deja de ser una variante más. La más dura.
Este punto que ocurre ante el Pincha, por eso, todavía no se sabe qué gusto tiene. Si los resultados tiran a favor de una mitad de Avellaneda –no la de Racing, obviamente, que se desvive porque el Rey de Copas viva lo que muchos padecieron–, la diferencia será tan escasa que en el Monumental podría salir de la zona de descenso. Dos extremos, dos futuros que dependen de que ese pedazo de cuero blanco, inflado, redondo, entre o no en el arco. Tan banal como pasional: el corazón de miles de hinchas dependerá de lo que suceda con ese objeto.
Ahora, mientras el reparto de unidades entre Rojos y Pinchas se hace carne, hay una suerte de desesperación que se traduce en gritos inconexos. En pedidos espirituales, en “Dios danos una mano que yo hago lo que quieras”, en uñas destruidas. Desde los 25 minutos del complemento, un duro golpe irrumpe la ilusión de todos los hinchas: a pesar de la extraordinaria levantada que tuvo el equipo de la mano de Brindisi, el empate los mantiene a dos unidades, que hoy pueden ser cinco. Una eternidad –o no, quién sabe– cuando sólo quedan nueve en juego.
El partido termina.
Indiferencia.
“Mientras las matemáticas nos den…”, dice Brindisi. El empate deja esa sensación rara que no tiene explicación: entre hoy y mañana, cuando se sepan los resultados de sus rivales, se conocerá esa incógnita.
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