El fútbol o la pasión por el fútbol o el fanatismo por un equipo de fútbol no se contiene en un envase. No se trata sólo de que tu equipo gane: hay otros asuntos en juego, algunos de ellos simbólicos como llenar una tribuna, alentar todo el partido, y ver a tu rival morder el barro. Esa complejidad hay que entenderla pero no justificarla, igual que la contradicción de algunos hinchas de Racing que anoche deseaban la derrota de su equipo que finalmente sucedió.
Ayer fueron hinchas de Racing, mañana serán otros. Es curioso porque mientras por un lado –¡todas!– las hinchadas gritan “no existís”, por el otro se desviven por la derrota ajena. No hay exclusividad de colores en esa cuestión. Siempre con excepciones, muchísimas, les pasó a los hinchas de Boca con el descenso de River y a los hinchas de River con la eliminación de Boca esta semana. Ninguna hinchada se salva de embarrarse en el morbo.
Hay un elemento histórico que explica los sentimientos de los hinchas de Racing. El descenso de 1983 es una carga que sólo puede ser equilibrada con el descenso de Independiente. Lo viven desde hace dos años los hinchas de River. Racing se encontró anoche con la paradoja de que un triunfo –su triunfo–beneficiaba a su rival, el equipo del que lo separa una cuadra de distancia terrenalmente y kilómetros oceánicos simbólicamente.
Eso explica –sólo explica– el deseo de algunos hinchas de patearse en contra. Pedir la derrota propia, aunque sea estrátegica en tus planes imaginarios, se parece mucho a un acto de perversidad en el sentido de dar vuelta el orden natural de las cosas. Porque se supone que ante todo está la grandeza propia, los colores a los que se quiere ver bien arriba, la dignidad deportiva de ir siempre al frente con orgullo, y también con orgullo amateur, que es una jactancia muy común de los hinchas.
¿No hubiera sido más deportivo para los hinchas de Racing vivir el momento del triunfo, de su equipo derribando suspicacias, con la tribuna aplaudiendo ese gesto deportivo? En los códigos de la pasión, incluso, hubiera servido para enrrostrarle a ese compañero hincha de Independiente, a ese vecino rojo, que el equipo jamás se entrega. Pero la rivalidad está sobrestimada en el fútbol, incluso como una forma de la alegría.
No se trata sólo de los hinchas. La prensa del deporte alimentó el show del morbo durante toda la semana y antes también. Desde que Independiente pelea contra el descenso, se instalaron sospechas y rumores que nacieron en foros de Internet. Se hicieron tapas con presidentes de clubes que debieron responder a versiones nunca chequeadas, mucho menos probadas. Se mostraron una y otra vez panfletos de dudosa autoría. Se transmitió la previa de Quilmes-Racing preguntándole a los hinchas visitantes si querían –o no– que su equipo ganara. Ojo: en la mayoría de las respuestas estuvo el sí.
Un comentarista deportivo lanzó, sin ningún elemento periodístico, la piedra de la sospecha. “A q hora termina la practica?”, escribió el conductor de radio y televisión Gustavo López en su cuenta de Twitter. ¿Quién puede afirmar que los jugadores de Racing ayer jugaron a no ganar? ¿Cómo se diferencia el mal rendimiento del equipo durante todo el campeonato con la pésima actuación de anoche? Se harán análisis todo el fin de semana. Se verán mil veces los movimientos de los futbolistas. Se dirá un dato: no hubo amonestados y casi ninguna falta. ¿Eso significa algo? ¿Eso prueba mala fe?
Tampoco es cuestión de ser inocentes: en el fútbol hay trapos sucios y no siempre salen a la luz. Pero los periodistas que investigan con rigor esos asuntos oscuros -corrupción, arreglos, coimas, apuestas ilegales- no son precisamente los mismos que tuitean con liviandad y sin releer.
Es innegable que ayer los jugadores de Racing salieron a la cancha presionados por todo ese escenario. Aunque puede intuirse, no hay forma de saber si eso influyó en sus actuaciones. Salvo que sean ellos mismos quienes lo digan. Pero en el fútbol muchos creen que lo mejor es el silencio.

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