Un pelotazo frontal, a los seis minutos de partido, alcanzó para quebrar el único sueño que le quedaba a River en este semestre. Santiago Silva recibió dentro del área, tuvo tiempo para darse vuelta y pivotear para la entrada de Leandro Somoza, que definió mordido pero con la fortuna de que Diego González se metió en el camino y con un taco desconcertó al casi imbatible Marcelo Barovero.
Así de fácil lastimó Lanús al Millonario, que anoche, como un jugador vicioso, apostó las pocas chirolas que le quedaban en el año sobre el paño del Monumental. Fue, al cabo, la prueba de que no había demasiada sustancia detrás de la ilusión que genera la figura mítica de Ramón Díaz, el entrenador más ganador de la historia del club más ganador del fútbol argentino.
El riojano hizo malabares el semestre pasado para disimular todos los problemas que tenía River. Y se ganó el crédito para manejar las llaves del club a comienzo de semestre. Insistió por Fabbro, por Teo Gutiérrez, por Osmar Ferreyra y hasta por el Rayo Menseguez, inactivo en los últimos dos años y con un regreso que ilusionó por el golazo anotado en su debut con la camiseta de River el domingo pasado frente a Estudiantes de La Plata. Anoche, esos cuatros terminaron en la cancha mientras desde las tribunas del Monumental se volvían un coro de silbidos. Eso es a lo que se le llama morir con las botas puestas, que, al cabo, es una manera de morir. Eso se olfateó ayer en Núñez, donde ya se sabe que después de diciembre no estará más Daniel Passarella y habrá que ver qué ocurre con Díaz en el banco de suplentes.
Lo que a River le costaba demasiado esfuerzo, Lanús lo resolvía de una manera mucho más sencilla. Para el local llegar hasta zona de peligro era una tarea casi titánica. Mercado sacaba lo mejor de sí para traer la pelota hasta tres cuartos de cancha, Kranevitter se deshacía para mostrarse como oferta de pase y Fabbro pedía cada pelota, pero el ataque se desinflaba antes de llegar al área. El Grana, en cambio, con un pelotazo a Silva ya generaba esa sensación de peligro que enmudecía a todo el estadio. A los 31, algo tan simple como una pared entre Melano y Ortiz terminó por desmoronar el castillo de naipes de Ramón Díaz. El cordobés luego llegó al fondo para tirar el centro atrás, Acosta dejó pasar y Silva definió solo de cara al arco. Sin oposición. Con esa simpleza, Lanús se llevó el premio de ser semifinalista de la Sudamericana y clasificarse a la Libertadores del año que viene.
En apenas cuatro meses, este equipo cambio de piel tantas veces que terminó mareando. Algunas fechas dependió del desequilibro de Lanzini, que ayer recién entró en el complemento. Otras la ilusión fue Teo, que anoche jugó bien metido entre los centrales y le demostró al entrenador que ese no era el problema. A los 12, la pelota quedó picando en el área chica a metros del colombiano. Pero él estaba tirado en el piso, a contramano de la jugada. Fabbro, que vio todo el superclásico y cuatro partidos más desde el banco de suplentes, ayer tuvo que tratar de ser el armador de este equipo que marca 14° en el torneo local. Y Menseguez, 25 meses después de su último partido, jugó 135 minutos en cuatro días. Por eso para River ser semifinalista era una ilusión forzada. De esas que se rompen fácil. Hasta con un pelotazo.
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