jueves, 7 de noviembre de 2013

Ramón Díaz: “A la gente la vi disconforme, desde mi punto de vista demasiado. Quedamos en deuda con todos”.



Ramón Díaz está parado en el banco de suplentes como si a su cuerpo lo tapara una capa que lo vuelve invisible. Nadie lo insulta, pero muchos, si él no fuera él, lo insultarían. En los últimos tiempos, dedicó tiempo y palabras en adjudicarse la responsabilidad de las cosas. Pero nadie le lanza reproches, aunque muchos sientan que los merece. Repite que están en deuda con la gente, pero la gente intenta no ponerlo en esa bolsa. Detrás de su saco al estilo italiano y sus frases extravagantes, los hinchas ven a caminar a Enzo Francescoli, a Ariel Ortega, a Marcelo Salas, a Pablo Aimar, a Javier Saviola y a Andrés D’alessandro. Es una ilusión y la crónica de un amor exagerado. Pero, como anunció en voz baja –bien baja– un dirigente de alto rango la última semana, la sentencia es dura: “Si fuera otro entrenador, tendría que renunciar.”

Daniel Passarella camina por el club con los ojos llorosos el martes a la noche. No mira si lo miran. Su imagen demuestra dos cosas: lo peor está por pasar, pero lo peor está terminando. Alguien lo convenció de que debe bajarse de las elecciones para irse por la puerta grande. Él dice que es por su familia: a su mujer la amenazaron por teléfono y sus nietas tienen seguridad privada en la puerta del colegio. Aun así, nadie duda –ni siquiera sus hermanos políticos– que la razón es otra: un descenso, 400 millones de pasivo, ni un título como presidente –no tiene sentido contar el de la B–, empleados que no cobran a tiempo los salarios y el imaginario instalado de que el presidente es un inútil. Durante esta eliminación, todos los insultos son para él.

Teófilo Gutiérrez llegó como una estrella. Por él se desembolsaron 3,5 millones de dólares. Aterrizó en Ezeiza y lo corrían para pedirle autógrafos. Su habilitación tardó un mes en aparecer. Era el remplazo de David Trezeguet, la figura que vino de Europa para ayudar con el ascenso a Primera, al que Ramón Díaz dejó de lado. Cuando llegó, su promedio de gol era de 0,49: en este semestre, contando Copa y torneo, apenas hizo tres goles. Erró un penal contra Belgrano, discutió con sus compañeros y hasta mantuvo diferencias con el entrenador. No rindió y los cañones apuntaron contra él, que en el partido de ayer a la noche pasó notablemente desapercibo, aunque marcó sobre el final del partido.

River llegó al partido de Lanús con un resultado positivo: tenía un 0-0 y definía de local. Tenía tiempo de descanso y apenas la baja de Eder Álvarez Balanta. Todo podía salirle bien y podía seguir como si nada pasara. Pero la historia es mucho más compleja. Porque la realidad era un globo que se marchitaba en un semestre de un equipo que está por debajo de la mitad de tabla, que involucionó insólitamente y que, a un mes de finalizar el calendario deportivo, apenas tiene una ilusión: que Newell’s o Arsenal salgan campeón y lo clasifiquen a la Copa Libertadores.

Chiflidos, insultos, reproches, trompadas entre plateístas, peleas en las inmediaciones del Monumental, pedidos de entendimiento entre la popular y los jugadores, el cantito de sáquense la camiseta y dénsela a la hinchada que juega mejor. La gente va al hall del club, donde aparecen los insultos de siempre. Pero en la cadena de tristezas y de broncas, nada se parece al descenso. Este es el final de un equipo mal armado y de una gestión en estado de agonía: esas son las caras de la derrota.

Las que duelen en la frustración de esos hinchas que sienten que nunca pueden remontar la felicidad de otros tiempos, de otro Ramón Díaz, de otro Passarella, de otro Teófilo Gutiérrez, de otra historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario