Los grandes hombres de poder saben administrar los silencios. Transforman la ausencia de sonido en el trazo lento de un vidrio puntiagudo por la piel. Se mueven sabiendo que su alrededor tiembla y sonríe y llora con sus movimientos. No especulan: porque para especular están los otros. Veinte pasos antes de llegar a ese pasillo de cementos desprolijos, Ramón Díaz ya había decido qué y cómo iba a decir. De eso se trata. Lo iba a hacer en tres instancias. El tiempo se iba a contar en milésimas porque los segundos quitarían impacto. Sabía que cuando pasara por ahí, todos iban a dejar de hacer lo que hacían para mirarlo. Uno: dio dos pasos con la mirada hacia a la nada, haciendo creer que ignoraba la existencia de los ojos que lo estudiaban. Dos: levantó la vista, levantó el pulgar derecho y levantó el asombro de todos, que respiraron sintiendo que él se había tomado las críticas con alegría. Tres: sin modificar el gesto, avisó: “No se olviden que soy riojano, tierra de caudillos, y tengo huevos.”
La escena hubo que mirarla dos veces. Rebobinarla. “¿Dijo eso? ¿En serio”, preguntaron muchos, sin poder creer lo que verdaderamente había sucedido. Un rato antes, por las redes sociales, en los medios de comunicación, en los cafés y en la espera del final de ese entrenamiento, muchos habían asegurado que Ramón Díaz ya no era el Ramón Díaz de otra época. Demasiadas palabras: sepa o no sepa de fútbol, a Ramón Díaz, tras haber quedado afuera de los cuartos de final de la Copa Sudamericana, cargando en la espalda siete partidos sin ganar, fuera de la pelea del torneo desde la fecha 10, le bastaron apenas segundos para demostrar que sigue siendo el mismo. Un hombre no sólo capaz de manejar el espacio como el caudillo Facundo Quiroga o el mismísimo Carlos Menem: un personaje de épica literaria.
Detrás de él, como si ese pasillo fuera el de Little Italy, en la Nueva York donde el escritor Mario Puzo situó El Padrino, caminaba Emiliano Díaz. Formaba parte de la escena: su única función era mirarle la espalda a su papá. Al no poder criticar a Ramón Díaz abiertamente y en su cara –es el técnico más ganador de la historia de River– los hinchas se la agarraron con él. Y eso, en un rango de códigos a los que pertenece el entrenador, no se permite. Por eso, es es tan amoroso como omnipresente: cuando salían del entrenamiento, delante de los periodistas y de las cámaras de tele, padre e hijo demostraron que son lo mismo. Pero eso no es espontáneo. Tampoco una puesta en escena del momento. Ramón Díaz educó así a sus hijos y Emiliano Díaz ya lo puso en palabras, como si fuera lema: “No hay nada mejor que confiar en tu sangre".
Delante y detrás de ellos, deambulaba un plantel en estado sonámbulo. La cita al entrenamiento era a las 17. Martín Aguirre fue el último en ingresar al predio, a las 17:06. A las 17:08, el entrenador juntó a los jugadores en el área de una de las canchas. Habló hasta las 17:14. Hasta ahí, el club estaba cerrado para la prensa y para cualquier socio que quisiera acercarse. El primer jugador que salió de la práctica fue Leonardo Ponzio y lo hizo a las 18:10. Algunos rumoreaban que no hacían falta palabras de las tantas que se habían dicho en el vestuario, el miércoles a la noche, en el entretiempo, cuando el entrenador, desencajado, pidió sangre para dar vuelta un relato que generaba fastidios en la gente. Como sea: al menos ahí, no hacía falta sílaba alguna. Al salir del vestuario, luego de bañarse, para subirse a los autos, los jugadores tenían el rostro pálido. Ya todo se había dicho.
Definitivamente, los grandes hombres de poder saben administrar los silencios.
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