Julio Falcioni fuma un cigarrillo tras otro sentado en el banco de suplentes, agarrando el pucho con el dedo gordo y el índice, para taparlo con la palma y así evitar que los policías que tiene al lado lo reten. Así ve cómo su equipo, este All Boys al que trajo 15 refuerzos, atraviesa el peor momento desde que subió a Primera, en mayo de 2010. Los de Floresta están en zona de descenso, llevan 402 minutos sin convertir goles y apenas ganaron dos partidos en lo que va del campeonato. Por eso Falcioni no escucha el reto de los vigilantes que tiene al lado, pero sí cómo lo insultan a él, aunque no asome la cabeza en toda la tarde, desde la platea y la popular.
Putean al entrenador y a los futbolistas que llegaron por pedido de él. “A ver los jugadores si pueden entender/ All Boys es un club grande no puede descender/ toda la camiseta tienen que transpirar/ hay que poner más huevo para poder ganar”, cantan, con una bronca que era desconocida para los del Albo desde que volvieron al fútbol grande. Tras la salida de José Romero, el histórico entrenador del Albo, Roberto Bugallo apostó fuerte al traer a un técnico de renombre como Falcioni y abrió la billetera para darle el gusto con una buena cantidad de refuerzos. La idea era dar un salto de calidad. Por ahora, es un salto al vacío.
No sólo le pasa que no gana ni convierte. All Boys además juega mal. Muy mal. Su único recurso es el pelotazo desde los centrales a Mauro Matos, que se esfuerza para peinar la pelota aunque la jugada luego se diluya. Por eso la platea local se irrita y se descarga con Nicolás Colazo y Javier Cámpora, quienes llegaron para ser los socios de Matos en el ataque pero aun no encuentran su nivel.
“Tenemos la responsabilidad de sacar adelante esto y voy a seguir. Comprendo al hincha que viene a la cancha y tiene derecho a expresar lo que quiera”, dijo Falcioni en la conferencia de prensa posterior al partido. Y defendió a sus dirigidos: “Sobre los jugadores no puedo decir nada. En la semana se matan trabajando y tratan de poner lo mejor para salir de esta situación. Buscamos todas las variantes y no quiero justificar, pero no tuvimos suerte con los expulsados y lesionados”.
Suena poco autocrítico para un equipo que casi cae como local ante Tigre, que de la mano de Fabián Allegre levantó –tres triunfos, tres empates y una derrota– y que ayer si no hubiera sido por la mala puntería de José Sand se hubiera llevado los tres puntos de Floresta, ese barrio donde los ánimos andan caldeados después de una larga primavera de cuatro años de la mano de Pepe Romero.
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