Cambia el día de la semana en que le toca jugar, y a veces cambia el horario también. Varía el modelo de la camiseta o la combinación de la ropa. A veces viaja a otras ciudades para disputar los encuentros. Y hasta suele modificar los nombres, los esquemas y en cierto modo, la apuesta de juego. Todo lo que gira alrededor de River en este torneo podrá mutar con el correr de las fechas, pero lo que se mantiene casi como una constante matemática es algo que este equipo lleva en su esencia, y que a pesar de su lucha, se pone de manifiesto cada vez que salta al campo de juego. Este River versión segundo semestre de 2013 se suma a la moda de los ni-ni: ni hace daño, ni lo sufre. Por eso los goles son una rareza en su encuentros, y ayer, de su visita a Atlético de Rafaela, se trajo un 0-0 y llegó a su cuarto partido sin hacer goles.
Los hinchas neutrales son unos de los principales perjudicados a la hora de sentarse a ver al equipo dirigido por Ramón Ángel Díaz. No los 300 infiltrados que ayer ocuparon la platea visitante, sino, los que buscan un espectáculo en cada partido ajeno al resultado. Habrá días en los que verán cómo River crea las situaciones de gol que tanto ansía. Habrá otros, como contra Newell’s o San Lorenzo, en los que serán testigo de las amenazas ante el arco de Marcelo Barovero. Pero si siguieron toda la campaña, sabrán bien que está frente a las excepciones. Lo natural es lo que sucedió ayer en Rafaela, donde, otra vez, no pudo convertir el control de la pelota en riesgo para el rival. Y ese control, más las buenas actuaciones en defensa, le evitaron mayores zozobras en la retaguardia.
A River la historia lo obliga a ir para adelante y el presente, a buscar la mejor forma de cara al choque con Lanús por la Sudamericana, que será vital a la hora de evaluar los resultados del equipo en el semestre. Por eso sale en cada juego a contralar la pelota y a intentar avanzar sobre el arco rival desde el primer minuto de cada partido. Para lograrlo, hace uso del manejo independientemente de los nombres propios que elija el entrenador, y de los estilos de éstos. No es lo mismo que los que propongan sean Ponzio y Fabbro a que eso mismo lo hagan Ledesma y Lanzini, pero tanto con unos como con los otros, River suele tener más la pelota que sus rivales.
La obligación que lo lleva a salir a buscar los partidos desde el primero minuto, más la incapacidad de generar peligro suelen combinarse en un cóctel de desesperación en River y cierto temor en el rival que da como resultado que en los segundos tiempos, los partidos se abran un poco. No es casual que 11 de los 13 primeros tiempos de River hayan terminado sin goles en ninguno de los dos arcos, mientras que siete de los ocho goles a favor, y seis de los siete en contra hayan sido convertidos en los complementos. Ayer un poco de eso se manifestó en la segunda mitad, en la que River tuvo sus mejores situaciones de gol y en la que, además, le dejó mayor terreno a Rafaela para vulnerar de contraataque. Mientras que en la primera mitad el cabezazo de Carbonero en el travesaño y el gol anulado a Mora fueron algo excepcional, en el complemento, los remates del mismo colombiano y el otro tanto no convalidado fueron las situaciones de gol más destacadas, pero no las únicas. Pero no cambiaron el marcador, ni la evaluación global de este River, que necesita salir de esta tónica de cara a los partidos con Lanús, para no tener que lamentarse por otro ni-ni: ni Copa, ni campeonato.
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