La restricción es un suave paliativo, parido por las necesidades políticas del gobierno nacional y aceptado sin mayores resistencias por una dirigencia futbolística que nunca termina de comprometerse seriamente en la erradicación del flagelo. Además de tener una eficacia acotada, la medida ni siquiera es nueva ni original. El superclásico ya pasó por la experiencia de la exclusividad de hinchas locales en las semifinales de la Copa Libertadores de 2004.
Por entonces, el gobierno de Néstor Kirchner transitaba por su primer año de mandato. Al frente del Prosef, uno de los tantos organismos de seguridad que cada tanto cambian de nombre sin dar con un acertado plan de contingencia, estaba Javier Castrilli.
El ridículo placebo contra la violencia que por esa época se les había ocurrido a funcionarios y fuerzas policiales fue permitir la asistencia de la parcialidad visitante sólo si los partidos, programados para dos jueves se disputaban en horario diurno.
La Conmebol y la TV impusieron la necesidad económica de jugar de noche. En consecuencia, por primera vez en la historia, la Bombonera fue en exclusividad para los hinchas de Boca, y el Monumental, para los de River. Unos días antes, el juez Mariano Bergés, uno de los pocos magistrados con voluntad para desmontar la mafia de las barras, abandonaba una causa, desalentado por un sistema judicial que eximía de prisión a Rafael Di Zeo y Santiago Lancry, detenidos en la Bombonera.
La serie se definió el 17 de junio en Núñez, donde este domingo habrá dos protagonistas que aquella noche festejaron la clasificación en lo que fue un verdadero "silencio atroz" (frase que cuatro años más tarde patentó Ahumada en la eliminación ante San Lorenzo). Carlos Bianchi, cuya estirpe copera sufriría luego un revés en la final frente a Once Caldas, confió en un joven Pablo Ledesma (20 años) para la serie de penales.
La serie se definió el 17 de junio en Núñez, donde este domingo habrá dos protagonistas que aquella noche festejaron la clasificación en lo que fue un verdadero "silencio atroz" (frase que cuatro años más tarde patentó Ahumada en la eliminación ante San Lorenzo). Carlos Bianchi, cuya estirpe copera sufriría luego un revés en la final frente a Once Caldas, confió en un joven Pablo Ledesma (20 años) para la serie de penales.
Casi 10 años después, tiempo en el que transcurrió la supuesta década ganada, el fútbol como espectáculo y acontecimiento social pierde por una goleada cada vez más amplia. Como un signo de estos tiempos, en vez de integrar, función intrínseca al deporte, se deja llevar por los sectarismos y la polarización.

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