miércoles, 23 de octubre de 2013

Vélez jugó un muy buen primer tiempo y dejó al Bicho por el piso con un gol de Allione y uno de Pratto. El equipo que conduce Caruso Lombardi casi no atacó y sigue en zona de descenso.


Mientras Ricardo Caruso Lombardi –la remera color salmón, el jean clásico, las zapatillas blancas– le taladra los oídos a Antonio Amato, el cuarto árbitro, Argentinos hace agua en el José Amalfitani. Por la derecha, por el centro, por la izquierda. Emiliano Papa se mueve como un wing izquierdo, Agustín Allione mete pasadas de nadador en el andarivel, Héctor Canteros maneja el destino de la pelota desde la muñequera izquierda y el pie derecho y Mauro Zárate muestra por qué tiene arranques de jugador deluxe. Vélez, incluso, parece un equipo de Primera contra un selectivo. El árbitro Luis Álvarez cobra una falta sobre la línea, amonesta a Diego Barisone y lo priva de un penal. No baja la intensidad para ir. A la media hora de juego, y de una vez por todas, la diferencia se concreta en el resultado. Hasta ese momento, Pablo Migliore había salvado tres veces al Bicho. Era inminente la caída de su arco. Zárate desarticuló la cadera de Julio Barraza, el balón hecha un chicle, tiró el centro de zurda y Allione cabeceó esquinado, a un lugar que Migliore no llegó ni estirándose.

Lo cierto es que el Bicho apostó, de entrada, al error de los defensores de Vélez. En especial, de Sebastián Domínguez, que corría en la zaga de arena movediza. Falla que nunca llegó; más allá de los tiros libres que eran pelotazos al área rival, Argentinos no tuvo ni una situación de gol. A la vez, y hay que apuntarlo, Vélez bajó los decibles en el segundo tiempo. Rodrigo Gómez y Facundo Coria, dos mediocampistas ofensivos, entraron e intentaron poner en un terreno crítico a Vélez. Fueron ratos en lo que Ricardo Gareca –el pelo con raíces, el conjunto deportivo azul, las zapatillas blancas– miraba el reloj de pulsera, bajaba la cabeza, y buscaba explicaciones en el banco de por qué habían bajado la tensión. Ahí, en ese barro, se impuso la figura de Lucas Pratto, autor material de un gol intelectual; de una jugada preparada a la salida de un tiro libre a un costado del área. Pratto es, además, el ídolo en ascenso para los hinchas. La lucha con técnica.

Allione, un santafecino que nació en Rufino tres días antes de que Vélez venciera al Milan en la Copa Intercontinental 1994, es un Augusto Fernández en potencia. Canteros, un volante central devenido en un organizador delante del cinco, es aquel jugador elogiado por Ronaldinho después de un Argentina-Brasil en Córdoba que volvió de un paso opaco por el Villarreal de España tan aplomado que mandó al banco a Federico Insúa. Zárate, un individualista impenitente que jugó en el Inter y la Lazio, es un delantero que desentona -para bien- en el fútbol argentino. Sus actuaciones, sin embargo, no fueron sostenidas. Canteros y Zárate, de hecho, fueron reemplazados cuando el equipo buscaba aire. Vélez, ahora, sumó 19 puntos. Está a nueve de Newell’s. Está, de todos modos, para otra cosa. Primero, para mejorar. Segundo, para concentrase en los cuartos de final de la Copa Sudamerica. Y tercero, alejado, para soñar con el título.

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