Por algún motivo que no viene al caso, los legales de las ofertas que se promocionan por televisión siempre dejan afuera a los habitantes de la provincia cordillerana. Como si se rigieran por reglas distintas al resto del país. Y algo de eso hay, al menos en lo que respecta a la posibilidad de comprar una hamburguesa por menos de 15 pesos, sacar una licuadora en 18 cuotas sin interés, o ir a la cancha cuando no se puede.
Mientras en todas las canchas del fútbol argentino, desde la Primera hasta la D, está vedado el acceso de los hinchas visitantes, en Mendoza la legislación no corre. Al menos, cuando es redituable económicamente. Por eso, pobremente disfrazados como “neutrales”, seis mil simpatizantes de Boca tuvieron su lugar bien delimitado en el Malvinas Argentinas: una popular completa, un sector de la platea techada y otro de la descubierta. Aunque lejos estuvieron de agotarse las ocho mil localidades que se habían puesto en venta, el aliento para el Xeneize se hizo sentir.
Y el apoyo le venía mejor que nunca al equipo de Carlos Bianchi. Porque los resultados de la tarde le habían abierto nuevamente al equipo del Virrey las puertas que dan acceso a la escalera que conduce al título: con la derrota del líder Newell’s y el escolta Arsenal, Boca tenía la chance de recuperar el terreno perdido la semana pasada contra Central y colocarse como escolta, a tres puntos de la cima. Pero esa promoción para descontar en la tabla tampoco aplicaba en territorio mendocino. Con el empate 2-2, el Xeneize quedó a cinco. Y bien lejos en las sensaciones.
No hubo grandes movilizaciones desde Capital ni estuvo La 12 presente en la cancha; la mayor parte del público visitante fue local. Se notó en la tonada con la que entonaron los temas que habitualmente suenan en la Bombonera y en las dedicatorias a la hora de los cantitos: el gol, en lugar de ser “para vos Gallina” fue “para vos Tombino” y hubo cargadas por la complicada situación de Godoy Cruz en los promedios. Tampoco faltaron los incidentes, pero esta vez no fueron exclusividad de los hinchas, ni mucho menos producto de los barras: nació desde adentro.
Después del penal que derivó en el empate de Boca, después del final del partido, un empujón de Curbelo a Ledesma desató el borbollón. Jugadores a puro insulto y agarrón, algunos intentando separar, corridas, la policía protegiendo al árbitro y lo increíble: los propios futbolistas saliendo a toda velocidad del campo de juego para trenzarse adentro.
En el gimnasio cubierto hubo más empujones, y la calma -tensa- gracias a la intervención de algunos protagonistas (los entrenadores, Palermo y Bianchi, y Riquelme, especialmente). “Hay que tener conciencia. Somos culpables los jugadores, el árbitro, todos. Hay que tener un margen de tranquilidad para que esto no se desborde”, dijo después el DT de Godoy Cruz, con algo de cordura después del papelón.
El árbitro debió ser custodiado por la policía para llegar al vestuario. Ledesma y Cata Díaz, calmados por sus compañeros para evitar mayores incidentes. Lo mismo del otro lado, con Curbelo sacado. Afuera, en las tribunas, el caos siguió con golpes y butacas voladoras. Los bomberos apaciguaron los encontronazos entre hinchas (a pesar de la prohibición había muchos con camisetas de Boca), y afuera también debió intervenir la policía.
Boca ya había perdido su gran chance de acercarse a Newell’s. Unos y otros, los estribos. Un papelón que cerró un partido vibrante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario