domingo, 6 de octubre de 2013

San Lorenzo no pudo ganarle a Tigre en el Bajo Flores pero siempre intentó jugar al fútbol sin perder la paciencia. Aunque el empate lo deja a tres puntos de Newell’s, los hinchas valoraron las buenas intenciones.



Si algo de positivo sacó San Lorenzo del partido de anoche es que ratifica algo que venía insinuando en los últimos partidos: la confianza. El equipo de Juan Antonio Pizzi sale a la cancha y sabe qué quiere, qué busca, cuál es su norte. No le alcanzó anoche ante Tigre para el triunfo, y hasta los visitantes pudieron haberse llevado algo más del partido. Pero el Ciclón nunca perdió la paciencia. Mantuvo la tranquilidad para buscar la jugada. La imagen de Pizzi al costado de la cancha lo dijo todo. Mano abierta, el entrenador pedía constantemente que el equipo hiciera girar la pelota, que la llevara de izquierda a derechoa y de derecha a izquierda. Y San Lorenzo mostró eso: rotación. Hubo rotación de pelota y rotación de hombres. Se movía el balón y también se movían los jugadores. Y nunca perdieron el orden. Nunca se desarmó el equipo. Nunca se descontroló. No dejó eso de ser un punto positivo en la noche del Bajo Flores, a pesar de que el empate lo deja al Ciclón a tres puntos de Newell’s.

Pizzi decidió mantener el mismo equipo en los últimos tres partidos. La misma formación que le ganó a Colón en Santa Fe y a Gimnasia y Esgrima Jujuy en el Nuevo Gasómetro. Y eso ya era una señal positiva que daba el entrenador. En realidad, era una buena noticia para él mismo: pudo contar tres partidos seguidos con los mismos jugadores. Eso también ayudó a la construcción de confianza de los jugadores. A la idea de juego que quiere imponer el técnico. Y que más allá del resultado, San Lorenzo intenta mantener a rajatabla a pesar de cualquier rival. 

Porque anoche no tuvo las cosas sencillas. Tigre le propuso jugar de otra manera y San Lorenzo se tuvo que reordenar. No le dejó manejar la pelota en el mediocampo, lo que obligó a que Juan Mercier y Néstor Ortigoza tuvieran que retroceder mucho para tenerla y poder repartir. Y eso hizo que todo le costara más armar juego. Sin embargo, el Ciclón no fue un equipo que tiró pelotazos con desesperación. Las jugadas no terminaban en el centro de Julio Buffarini o en una corrida de Gonzalo Verón. Apostó siempre al armado colectivo, a tocar entre compañeros. 

Y los hinchas lo premiaron. Aunque por momentos se notó la tensión en el Bajo Flores, el murmullo y los gritos, no hubo un reproche al equipo. Porque la gente desde las tribunas veía con posibilidades a San Lorenzo. No es que estaba nerviosa porque el equipo no sabía cómo resolver el partido. De hecho, cuando Héctor Villalba se pierde su gol la jugada se armó de toques. Participaron Ignacio Piatti, Fernando Elizari y el propio Villalba: toque colectivo, muchos hombres en ataque, y actitud ofensiva. 

Quedó claro cuando Pizzi sacó a Buffarini, mandó a Pablo Alvarado de cuatro, a Mercier de dos, Ortigoza quedó solo de cinco, y Verón y Villaba se fueron bien arriba. Hubo una constancia en San Lorenzo más allá del resultado. Los hinchas lo valoraron. Porque sintieron que el equipo intentó hacer las cosas bien. Y que San Lorenzo cambió el chip. Con algunas desprolijadodes, es cierto, pero la intención de llevar la pelota. El empate dejó un sabor a nada pero dejó otro partido con la valla invicta para Sebastián Torrico, una virtud que está lejos de conseguirse porque resigne juego. Por eso también los aplausos del final.

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