Cuando Reinaldo Carlos Merlo, Mostaza, asumió en enero de 2001 como entrenador de Racing, tenía un número que lo obsesionaría: 29. Eran los puntos que el equipo tenía que asegurarse en el Torneo Clausura para evitar la Promoción. Era su misión, para lo que lo había contratado Blanquiceleste, la sociedad anónima que empezaba a administrar a Racing. Su equipo lo consiguió y se quedó en Primera sin necesidad de revalidar su lugar. Después, lo que ya se sabe: el paso a paso, los cuernitos, el título de 2001 en medio de un país revuelto, el final de los 35 años de desgracias, y la estatua de su cuerpo, la del mismo hombre que esta noche volverá al Cilindro de Avellaneda para escuchar, otra vez, la música de su gente.
Es el tercer Mostaza el que saldrá a la cancha. Merlo tuvo que atravesar momentos tumultuosos en sus primeros meses, en 2001, cuando sufría por los 29 puntos. Tuvo que escuchar reproches e insultos desde la tribuna. Merlo no era un hombre de Racing, era un hombre de River, y eso pesaba. Hasta el empate con Colón, en Santa Fe, un gol de Diego Milito que lo dejó respirar en paz.
Ya había algo de cariño con Mostaza. Pero su leyenda en Racing se comenzó a construir en los meses siguientes, mientras su equipo ganaba y las tribunas celestes y blancas se llenaban de ansiedad. Mostaza combatió esa urgencia con los cuernitos como compañeros de superstición y un lema zen: paso a paso. Lo repitió tantas veces como era necesario. “Se viene la estatua de Merlo, se viene la estatua de Merlo, se viene la estatua de Merlo en Alsina y Colón”, avisaban los hinchas. Y se vino. De la mano del paso a paso.
Mostaza se fue de Racing seis meses después, en 2002, peleado con Fernando Marín, el primer gerenciador del club. Racing había estado cerca de ser otra vez campeón. Mostaza pedía refuerzos que no llegaban y que el empresario le había prometido. Tenía en el horizonte la Copa Libertadores. Pero se fue.
Volvió cuatro años después. Sin miedo a que la estatua se caiga. Ya no estaba Marín, el gerenciador era Fernando De Tomaso, que llevó a Mostaza a Racing como una prenda para el alejamiento de su antiguo socio. No le fue bien. Hasta aparecieron banderas pidiendo su renuncia. Un mediodía, después de un entrenamiento, Mostaza apareció en la sala de conferencia y arremetió contra la empresa: “Desde que llegué, Blanquiceleste me prometió un proyecto y no me cumplió en nada”, dijo mientras se frotaba una y otra vez las manos que hicieron famosos los cuernitos.
Mostaza tendrá esta noche su tercer debut como entrenador de Racing. No tiene la urgencia de sus días iniciales, el 29 como número mágico, pero ahora también el promedio es una amenaza. La diferencia: será la primera vez que trabaje en el club bajo la administración de los socios.
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